jueves, 11 de mayo de 2017

Creación del mundo en la mitología nórdica.

Hoy voy a dejaros aquí un texto donde se explica la creación del mundo en la mitología nórdica. Lo he copiado palabra por palabra de un libro que me encanta desde hace muchos años, llamado Dioses y Héroes de la mitología vikinga, de Brian Branston. 


Quiero aclararos alguna cosas, hay algún nombre mal traducido al español por el traductor, o sino mal, licencias que se ha permitido, por ejemplo Sol en vez de Sunna, y Luna en vez de Mani.

En los momentos en los que hago cortes en la historia es porque tres personajes llamados Alto, Igual de alto, y El tercero, cuentan al rey Gylfi esta historia, yo me he centrado en transcribir solo la historia, que viene reflejada en varios capítulos del libro.

Me gustaría que antes o después, si podéis, leyérais el poema Völuspá o La visión de la adivina, que aparece en la Edda Mayor, donde se cuenta la creación del mundo y también la destrucción. AQUÍ PODÉIS LEERLO.


"Un mundo de hielo y fuego

En principio [...] fue Ginnungagap, el profundo vacío o el vasto abismo. Era una región tan enorme, tan ilimitada, que se extendía para siempre en todas direcciones, con espacio para albergar a billones de universos y aun así con sitio para más. El contemplarla le mareaba a uno, le hacía ingrávido, atemorizaba a su mente, porque carecía de longitud, de anchura, de parte superior o inferior. En el comienzo nada hubo en Ginnungagap que un ser humano pudiera aferrar: ni una gota de agua, ni una hoja de hierba o una ramita, ni tan siquiera un grano de arena. No había luz ni oscuridad, tampoco silencio, y aun así no había sonidos: tan sólo el hondo vació. Aunque semejante nada resultase tan vasta e informe, con todo, no estaba vacía. Carecía de forma, pero decididamente no se hallaba vacía. Tan sólo los dioses conocían este secreto. Y luego esa nada comenzó a ser algo y se pudo comprobar que existían dos regiones muy contrastadas. Primero estaba la región del fuego, llamada Muspellheim. Ninguna persona normal podía vivir en ella, pues la tierra aparecía encendida y el aire igualmente en llamas. Más adelante los gigantes, cuya combustión se realizaba en tal fuego, empezaron a construir Muspellheim, que sería su hogar. Muspellheim significa "el hogar de los destructores del mundo" y, como veremos más adelante, nada podía irle mejor que un nombre tan terrorífico.

Los Ases tuvieron buen cuidado de no acercarse a los límites de aquella tierra, porque el calor era tan intenso, las llamas tan tremendas, que incluso a un millón de kilómetros todo quedaba calcinado y consumido. Para hacer la cuestión todavía más espeluznante, Surt, el más feroz de los gigantes, actuaba como centinela en la llameante frontera, aferrando en su ardiente mano una espada de fuego. Impedía el paso a todo posible intruso, aun a los propios Ases, los dioses. Estuvo allí desde el comienzo, y se encontraría en el mismo sitio en el final, el Ragnarok o día de la muerte de los dioses. El cabello de Surt parecía envuelto en llamas, lanzando chispas brillantes en todas direcciones, cual cometas trabados a ellos; su cabeza y rostro semejaban fuego fundido y ríos de lava descendían de continuo por su mal conformado cuerpo. ¡No debe, pues, maravillar que se profetizase que al final del mundo él lanzaría una cantarina llama y un hediondo humo por todo el universo, convirtiendo a todo ser vivo en cenizas ennegrecidas!

[...]La segunda de las grandes regiones en el vasto abismo de Ginnungagap era una salvaje soledad, fría y desolada, compuesta de hielo, nieve y congelantes nubes y niebla, por nombre Niflheim. Niflheim, como Muspellheim, había existido durante incontables eras antes de ser creada nuestra tierra. En su centro brotaba de pronto, espumeante, la poderosa fuente de todas las aguas, un rabioso surtidor denominado Vergelmir o Caldera Rugiente. Todos los ríos, de cualquier época, procedían de Vergelmir. Sus nombres eran terribles y mágicas sus formas: uno se llamaba Aullador y otro Tormentoso, Horroroso y Estalla-burbujas. Se contanba de uno que estaba enteramente compuesto con carámbanos de hielo que se abrían paso en forma de armas azagayas, lanzas, espadas, hachas de combate.

Otra tumultuosa fuente o manantial que existía en Niflheim era la llamada Elivagar u Ondas Gélidas. Elivagar había surgido, asimismo, de su desconocida fuente desde épocas inmemoriales. Algunos afirman que Vergelmir y Elivagar eran tan sólo distintos nombres de un manantial primigenio, virgen; sea como fuere, las montañas de hielo que componían Elivagar, trituradoras, chirriantes, crujientes, se expandieron y explotaron al cabo, extendiendo capa tras capa de glaciares por toda el área norte de Ginnungagap. Y a través de las siempre crecientes cadenas montañosas de hielo zumbaban en torbellino unas ventoleras de granizo, heladas lluvias y ventiscas totales.

Y lo que es más importante, como veremos, resulta que borboteaba por doquiera en Elivagar una venenosa escoria que acababa asentándose como salida de un horno. Ese material se endurecía, formando hielo negro. Cuando semejante masa dejaba de fluir y su marcha se detenía, quedaba colgando, suspendida y formando colosales carámbanos e icebergs, amontonados y detenidos uno encima de otro, siempre arriba y arriba como troncos que se almacenan. Así es que ambos lugares Vergelmir y el envenenado de Elivagar, colmaban por completo la parte norte de Ginnungagap. Finalmente el tremendo vacío de esa área norteña quedó bloqueado por masas de pesado y demoledores hielos y escarchas totales; en contraste, el firmamento al sur de Ginnungagap centelleaba con chispas y gases fundidos que salían a borbotones en Muspellheim.

Resultaba no poco evidente que, transcurridos varios eones de tiempo, las regiones de fuego y hielo dentro del vacío enorme acabarían por encontrarse. Cuando ello, en efecto, terminó por suceder, se suscitó el más sorprendente de todos los fenómenos, que nadie desde que empezó el mundo ha sido aún capaz de explicar: la vida. Allá donde ambos elementos se juntaron en el espacio, el vacío total era tan suave como un ambiente sin aire, pero cuando el hielo de Niflheim rozó el fuego de Muspellheim se produjo una terrible explosión y un fabuloso y creciente estampido brutal. Las gotas de veneno en fermentación que ascendían, cual burbujas, a la superficie en todo Elivagar resultaron con una vida insuflada por el fuego, y a todo lo largo y ancho de Ginnungagap se conformó el cuerpo de un gigante.

Tenía rasgos de hombre y al principio apenas podía moverse. Un caldo de espumoso e hirviente lodo, con hielo, dio origen a su feroz cabeza, a sus brazos, torso y piernas rezumantes de fango. Sus descendientes, los gigantes del hielo, le llamarían Aurgelmir, que significa Hierve-Barro, pues ellos conocían el secreto de su creación, pero hubo otros que le conocieron como Ymir.

Durante interminables épocas Ymir estuvo yaciente, durmiendo sobre su mejunje venenoso, mezcla de lodo y hielo, pero finalmente su cuerpo se solidificó y el gigante empezó a sudar. Bajo su axila crecieron un varón y una hembra. Después, uno de sus pies se emparejó con el otro y produjeron un hijo de seis cabezas. Fue de tales criaturas de donde se originó la raza de los gigantes del hielo.

Claro es que no todo el hielo de Niflheim estaba empapado del veneno de Elivagar, y allá donde permanecía puro, pero siempre fundido por los fuegos de Muspellheim, apareció entre el deshielo una enorme vaca. Su panza se extendía a través de los picos y alturas como un colosal cúmulo, y eran sus patas cual columnas en las esquinas del espacio. De las ubres del fabuloso animal fluyeron cuatro ríos de leche que amamantaron al gigante Ymir. Los gigantes del hielo la llamaron Audumla, lo cual quiere decir la Gran Amamantadora. Por supuesto que la propia Audumla necesitaba alimentarse también, así que empezó a chupar los continentes congelados que tenía a su alrededor, hallándolos gustosamente salados para su paladar. Del mismo modo que un escultor contempla, dentro de un bloque de mármol, una imagen que sólo él será capaz de extraer luego, así también, a medida que Audumla lamía el hielo, algo nuevo empezó a aparecer.

Al anochecer de la primera jornada, su rápida lengua había descubierto el cabello de un hombre. Durante todo el día siguiente estuvo hozando y baboseando hasta que apareció la cabeza de un ser humano, varón. Al tercer día había dado plena conformación material a un hombre entero. Los dioses lo llamaron Buri, porque pretenden que  fue su primer antepasado; era verdaderamente hermoso y regocijante de contemplar, un dios grande y poderoso. A medida que fue transcurriendo el tiempo, Buri tuvo un hijo llamado Bor, que significa "Nacido", pues durante todos esos miles de años todavía  no había muchas palabras utilizables. La esposa de Bor era Bestla, hija de un gigante conocido como Balethorn. Bor y Bestla tuvieron tres hijos: Odín, Vili y Ve.

Todos estos seres, antecesores de los gigantes y los dioses, amén de la vaca universal, Audumla, habían sido creados dentro de la primigenia posposición, informe, de Ginnungagap. Dado que el veneno procedente de Elivagar existía, algunos resultaron perversos, mientras otros, como Buri, fueron buenos.

Pero es bien conocido el hecho de que el bien y el mal no pueden existir pacíficamente juntos y no iba a transcurrir mucho tiempo antes de que se suscitara una tremebunda batalla entre los poderes cósmicos.


La creación del mundo

Los gigantes del hielo constituían una raza oscura y violenta, contrahecha, monstruosa y amiga del estrépito. El hijo del viejo Ymir, nacido de la unión de uno de sus pies con el otro, era un ser semejante a un glaciar, con seis cabezas, llamado Thruthgelmir, o el Poderoso Vociferante, y su hijo era conocido como Bergelmir, o sea, el Vociferante Roquizo. Cuando ambos y sus ancianos padre y abuelo, Ymir-Aurgelmir o Hierve-Barro, se reunían en consejo, el ruido resultaba desagradable, Y Odín, Vili y Ve, retoños de Bor, se irritaban más allá de todo límite.

Odín y sus dos hermanos entraron en disputas con el viejo gigante Ymir y, tras un gran combate, le dieron muerte. Al caer, hecho trizas, salió tantísima sangre de su cuerpo que toda su familia gigantesca se ahogó, con excepción el miembro más joven, Bergelmir, y de su esposa. Belgermir pudo nadar entre las sanguinolentas oleadas arrastrando a su mujer del pelo, hasta ser capaz de izarse penosamente sobre un molino enorme, y allí quedaron ambos, jadeando anhelosamente, intentando respirar mejor. Así pudo continuar la raza de los gigantes del hielo y de los ogros de las colinas.

Odín, Vili y Ve arrastraron los restos de Ymir, que todavía lanzaban torrentes de sangre, hasta depositarlos en mitad de Ginnungagap.  Había tantas heridas en el cuerpo de Ymir que su sangre, saliendo a borbotones, acabó formando el mar. Todos los océanos, lagos, ríos, cascadas, charcos y arroyos tuvieron su origen en la sangre de Ymir.

Los hijos de Bor pusieron manos a la obra sobre el cuerpo de Ymir o golpearon, moldearon, hicieron trizas y acuchillaron, manejando el tremendo cadáver, tirando de su carne y empujándola de acá par allá, cual si fuese arcilla, hasta sentirse satisfechos. Cuando hubieron dado término a la hórrida tarea, habían generado el fundamento de la tierra, es decir, suaves colinas, llanuras, secos lechos de río, vacías cuencas de lagos y el fondo marino carente de agua. En todos esos huecos fueron luego vertiendo la sangre de Ymir, de manera que la tierra quedaba totalmente rodeada por el mar, al cual afluían los ríos. Hicieron con el hacha pedazos y astillas de los huesos, formándose así los riscos y montañas. A continuación, de sus dedos, dentadura y trozos sobrantes de los huesos fragmentados ya, formaron las rocas, individualizadas, separadas, y los cantos rodados de la orilla del mar. Se sirvieron del pelo de Ymir para fabricar árboles y arbustos. Del suelo y tierra, hechos con su carne, brotó espontáneamente una raza de enanos, como ocurre con los gusanos que preceden de la corrupción. Así  pues, los hijos de Bor habían creado ya la tierra, las playas y el mar, pero aún no existía el firmamento. En consecuencia, Odín, Vili y Ve levantaron penosamente entre los tres el poderoso cráneo de Ymir, para formar una especie de cúpula en la tierra. Ahora tenían que hallar un medio para sujetarlo en semejante posición.

Afortunadamente (pues sin cielo la tierra habría resultado un sitio misérrimo y oscuro, nada interesante para vivir en él) pronto se halló la solución: pudieron servirse de los enanos. Odín, Vili y Ve ordenaron perentoriamente a cuatro de ellos permanecer de pie en las cuatro esquinas del mundo, sujetando el firmamento. Estos enanos recibieron los nombres de Norte, Sur, Este y Oeste. Un poco más tarde Odín crearía los vientos, apostando un gigante -uno de los hijos de Bergelmir- con forma de águila en los extremos terráqueos, y encargándole que agitase por siempre jamás sus alas. Y en esa corriente de aire así formada, los hijos de Bor desparramaron los sesos de Ymir para formar las nubes.

La cúpula celeste quedaba ahora firmemente asentada, pero seguía resultando oscura, amenazante. Libres de su tarea de soportar el firmamento, los hijos de Bor atraparon las relucientes cenizas y chispas, que salen arrojadas hacia el cielo en Muspellheim,  y las depositaron en mitad del tremendo vacío para iluminar el cielo y la tierra. Dieron asimismo su posición a todas las estrellas; algunas debían quedar fijas en el cielo, en tanto que otras circularían atrás y adelante según un modelo regularizado. Así quedaron demarcadas las estaciones del año, pero como aún no existían ni el sol ni la luna, el día estaba separado de la noche.

Odín, Vili y Ve otorgaron a continuación una gran concesión de tierra rodeando en círculo la parte exterior de las orillas marítimas, para que fuese colonizada por los gigantes, y la denominaron Jotunheim o Tierra de los Gigantes. Finalmente, los jóvenes dioses tomaron las cejas de Ymir, a fin de establecer un baluarte redondo, de murallas como acantilados, en derredor de la tierra. Y llamaron a esta fortaleza Midgard, es decir, Recinto Medio.


Noche y día

Hablamos acerca de cosas que se siguen unas a otras tan naturalmente como el día sucede a la noche, pero, en realidad, ¿es ello tan lógico? Únicamente lo pensamos así porque desde el momento de nacer, hasta la muerte, el día ha sucedido a la noche. Ahora bien, ¿qué haríamos si una noche siguiera a otra y nunca volviésemos a ver el día, o al revés? Pronto quedaríamos agotados si no dispusiéramos de noche alguna durante la cual recuperar el vigor gastado a lo largo de la jornada, y, de otra parte, una  noche interminable resulta tan estremecedora que ni siquiera deseamos pensar en una cosas parecida. Por consiguiente, es obvio que se ha pensado sobremanera en la ordenación de un sistema simple, donde el día y la noche se suceden entre sí.

Y así es como todo acabó produciéndose. Por supuesto los dioses estaban en el fondo del asunto, pero recurrieron a los gigantes para que realizaran la tarea. Narfi, uno de los primero gigantes en la colonización de Jotunheim, tenía una hermosísima hija, la cual no se parecía demasiado a las mujeres vikingas, por su tez oscura y moreno cabello. Llamábase noche. Siendo ya muy bella, aún se tornaba más atractiva al lucir brillantes estrellas entre su larga cabellera. Naturalmente, muchos hombres querían desposarla, y ella, mujer de un gran carácter, se casó con tres maridos, uno tras otro.

El primer esposo de Noche era un guapo mozo por nombre Naglfari, o sea, Oscuro, quien puede haber sido primo lejano de ella. El matrimonio no duró gran cosa, pero sí lo bastante como para que ambos tuvieran un hijo llamado Espacio. Cuando os encontráis al aire libre, solitarios, cierta cerrada noche sin nubes y con las estrellas titilando allá en el infinito, podréis ser muy conscientes de la presencia de Espacio.

Existió cierto misterio acerca del segundo marido de Noche. Nadie le conoció jamás por un nombre distinto al de Otro. Da la sospechosa sensación de que lo de Otro fuera, simplemente, un apodo, un nombre utilizado para disfrazar la auténtica identidad de  tal persona. La gente solía preguntarse quién podría ser, o de dónde provenía. Resulta, al parecer, indudable que no se trataba de ningún gigante y que, si ése fuera el caso, tuvo que haber sido un dios, pues por aquel entonces aún  no habían sido creados otros seres. Hoy ya es probablemente demasiado tarde para averiguar si Otro fue o no alguien de suprema importancia, que se sentía incómodo al tener que reconocer una relación matrimonial con los gigantes. En definitiva, y fuera él quien fuese, lo cierto es que Noche y su segundo marido, Otro, tuvieron una hija, a la cual llamaron Tierra. Y aquí es donde aparece la sorpresa: de entre todos los dioses, el propio Odín también tuvo una hija conocida como Tierra, de modo que la gente puede sacar ahí sus propias conclusiones.

El tercer y último marido de Noche fue Delling, cuyo nombre significa Alba. Era decididamente un pariente pobre de los dioses y, conforme su nombre indica, de rubio cabello y brillante apariencia. Su hijo, Día, salió a la rama paterna, y también era hermoso y blondo.

Evidentemente, los dioses lo sabían todo en cuanto a Noche y sus retoños, de manera que se sintieron sumamente felices de incorporarlos a su plan maestro para el universo. Los dioses decidieron que cada veinticuatro horas habría, divididas por mitad, doce de luz y otras tantas de una semioscuridad. Dieron a Noche y su hijo Día un carro a cada cual, amén de un par de caballos, y los enviaron allá arriba, a los cielos, para ir circulando en derredor de la tierra, uno tras del otro, una vez cada veinticuatro horas. Noche marchaba delante, con un caballo en cabeza conocido por Crines-de -Escarcha, quien cada mañana humedece el espacio que tiene bajo él con rocío, mientras tasca el freno. La espuma y el brillo de su saliva pueden apreciarse cuando se concentran en gotas, como abalorios, sobre hojas y pétalos justo antes de la aurora. Tras la noche galopa Día, cuyo caballo inicial se denomina Crines Resplandecientes.

El resplandor de ambos brillantes corceles y de su pelo largo y dorado ilumina toda la tierra y el cielo con su luz.

[...]En los viejos tiempos, el sol y la luna, creados como las demás estrellas y planetas, a partir de las llamas de Muspellheim, balanceábanse sin control a través de los cielos. Vivía por aquel entonces en la tierra cierto hombre conocido como Mundlfari. No aparece claro si era de la raza de los gigantes o un pariente pobre de las divinidades. Su nombre significa "Giramundos", y en el comienzo bien pudo haber tenido como tarea la de hacer que el mundo diera vueltas en redondo, desde luego bajo la dirección de los dioses. Quizá dicha importante labor pueda explicar su naturaleza un tanto arrogante, la cual, en definitiva, acabó por causarle problemas. Ello sucedió de la manera siguiente.

Mundilfari tuvo dos hijos, tan alertas y bellos que pensaba que nada en la creación podía comparárseles, excepto el sol y la luna. Con orgullo llamó al muchacho Luna y a la chica Sol. Cuando los dioses se enteraron ofendiéronse, pues una vanagloria de semejante calibre les era insoportable, así que arrebataron los niños a su padre y los pusieron a trabajar en los cielos. 

Hicieron que la muchacha, por él nombrada como Sol, montase cual jinete a uno de los caballos que tiraba del carro del sol. Estos son un par de hermosos y potentes animales llamados Madrugador y Supremo-en-fortaleza. Año tras año, hasta el final de los tiempos, siguen su senda a través del cielo, variando su altitud y longitud según el modelo regular de las cambiantes estaciones. Como el ardoroso calor solar quemaría a todo ser viviente que se le acercase en demasía, los dioses crearon un escudo indestructible llamado Svalin, o Hierro-frío, entre los caballos y el brillante y fiero carro del cual tiran, a fin de proteger, tanto a las bestias como a quien las vaya conduciendo, de las llamaradas en cuestión. 

El hermano de Sol tuvo que cabalgar sobre uno de los caballos de Luna, pero sus viajes se veían mucho más complicados debido al hecho de que ésta estaba dispuesta para que guiase los crecientes y los menguantes de cada mes, de forma que nunca resultara ser exactamente la misma durante dos días seguidos. La luna no podía hacer otro tanto por sí sola y, a su vez, raptó a otros dos pequeñuelos de la tierra. Un chiquito, Bil, y su hermana, Yuki, habían sido enviados a la cumbre de una montaña por su padre para sacar allí agua de un pozo. Esa fue la última vez que el anciano volvió a saber de ambos.

Cuando Luna pasó tras del pico en su resplandeciene carro, arrebató a los descuidados niños y llevóselos consigo. En una clara noche de plenilunio los dos son, todavía hoy, claramente visibles: la gente de la tierra les llama los niños lunares, y ellos son quienes gobiernan el cuarto creciente y el menguante, aunque cómo lo hagan exactamente constituye un enigma. Nadie sabe si corren una cortina a través del rostro lugar o si persuaden al astro para que vaya girando gradualmente su cabeza hacia un lago y nuevamente a su posición anterior.

Existe otro relato acerca de los cielos que reviste ya una significación algo siniestra. Es factible contemplar desde la tierra tanto al sol como a la luna corriendo por el firmamento. Esto acontece no solamente porque ambos son arrastrados por unos espléndidos y galopantes caballos;  sucede que tienen los astros una acuciante razón para no perder tiempo en su viaje, ya que están siendo perseguidos por lobos.

Muy, muy lejos, hacia el este de Midgard, donde casi siempre es invierno y sombrías forestas se extienden hasta perderse de vista, en un desolado barranco, donde los troncos de los árboles son todos de hierro herrumbroso, viven malvadas brujas, duendes femeninos llamadas las Bosquehierro. El mal genera el mal. La peor de tales hechiceras se convirtió en madre de docenas de gigantes, todos nacidos bajo forma de lobos. Su bestial progenitor era él mismo de raza lobuna, o al menos un hombre-lobo, y se dice que su nombre fue Fenrir. Dos de sus cachorros se convirtieron, al crecer, en tan enormes y terroríficos animales que los poderes del mal los pudieron lanzar, como lobos rabiosos, contra el sol y la siempre cambiante luna.

Dando saltos a través del cielo, los lobos persiguieron a los caballos y carros como si fuesen conejos o liebres. Un peludo y negruzco lobo persigue al sol, en tanto que otro, tan repugnante como aquel, va dando saltos siguiendo a la luna. Ni sol ni luna tienen lugar en el cual ocultarse de las perversas bestias, y quedan así condenados a correr ante ellas hasta el final de los tiempos. 

Las profecías afirman que, al cabo, los lobos saltarán sobre sol y luna, engulliéndolos completamente. La cúpula del firmamento se colmará de sangre cuando la luz solar se extinga, y unos fortísimos ventarrones aullarán en torno a los ensombrecidos cielos. Claro que esto, desde luego, acontecerá en un futuro todavía muy distante, y puede, incluso, que no legue ni a ocurrir."

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